Las vacunas contra el coronavirus podrían crecer en invernaderos, dentro de las hojas de las plantas

Esta es la propuesta de un artículo publicado recientemente en la revista Science y reduciría los costos significativamente, pues, además de las cuestiones técnicas, cultivar nuestras vacunas solamente requerirá de luz, agua y suelo.

Suena un poco descabellado, pero, en realidad existen ya ensayos en fase 3 de una vacuna de este tipo contra el SARS-CoV-2 que asola al mundo. Y, de hecho, México ya está participando en el protocolo internacional de fase 3 de esta vacuna, llamada CoVLP (NCT04636697). La está desarrollando el laboratorio canadiense MedicaGo y el británico GSK y promete ser más efectiva contra nuevas variantes, como la Delta.

¿Cómo funciona esta tecnología de vacunas cultivadas en plantas?

De acuerdo con el reciente estudio “Plant-made vaccines and therapeutics”, publicado en la revista Science, a cargo de Hugues Fausther-Bovendo y Gary Kobinger, el uso de plantas para la producción de proteínas terapéuticas, denominado cultivo molecular, se propuso como método alternativo de biofabricación en 1986. Pero no fue sino hasta 2012, cuando se aprobó la primera proteína terapéutica (como puede serlo una vacuna) para uso humano, para el tratamiento de la enfermedad de Gaucher. Además, en 2019, se creó una vacuna contra el virus de la influenza de producción vegetal que completó los estudios de fase 3, con resultados muy alentadores.

Para cultivar antígenos como los que se necesitan para vencer a la pandemia del COVID-19, los científicos utilizan vegetales vivos, los cuales someten a un sistema de transfección, es decir, la introducción de material genético externo en células eucariotas, como las de los animales o las plantas. Como la planta tiene un crecimiento natural, a partir de este proceso, se obtiene también un crecimiento del cultivo del antígeno. El rendimiento de este método de cultivo molecular, según el estudio, es de 1 mg por cada gramo de planta fresca.

De hecho, además de los vegetales, se utilizan otro tipo de células animales para cultivar proteínas terapéuticas, como huevos de gallina o cultivos de células de mamíferos o insectos. Al huevo se le inyecta un “virus candidato a vacuna”, o una versión de un virus, y este se multiplicará dentro del huevo, después se extrae y un fabricante inactiva el virus. Después de eso, hay un proceso de purificación y se produce una mezcla que, finalmente, se inyecta con jeringas. En el caso de las plantas, hay un proceso parecido, donde se obtiene un extracto vegetal que, tras un proceso similar, puede ser inyectado.

Además de que solamente se necesita luz, agua y tierra para el crecimiento de las plantas, la colocación de invernaderos con este fin es más barata que la construcción de las grandes instalaciones de biorreactores que se requieren para el cultivo con células animales. Esta condición hace que este método sea particularmente atractivo para países en desarrollo. Además, las vacunas de plantas pueden ser producidas en cuestión de semanas.

Adicionalmente, tiene ventajas terapéuticas muy específicas. Por ejemplo, es más fácil personalizar los fármacos producidos con plantas de acuerdo con el perfil de los pacientes individuales. El siguiente paso, es que este tipo de vacunas sean comestibles. Y es que, en teoría, estas plantas se pueden deshidratar y almacenar. Pero, para ello, explican los autores del artículo , falta financiamiento, regulación y mucha ciencia.